Carta a un pastor que me escribió acerca de sus heridas


Pastor Mauricio Ponce - Recursos teológicosApreciado pastor:

Fue embargado de una profunda tristeza como terminé leyendo su última carta.  Quise, una vez más, estar a su lado para abrazarle fuerte y prolongadamente haciéndole sentir todo mi respaldo y consolación.  ¡Cuánto he lamentado que eso no fuese posible!

Me ha escrito usted nuevamente acerca de la situación planteada en su última carta y acerca de lo cual le respondí hace algunos meses.  Lamento que el contenido de mi carta pareciera no haber producido todo aquello que de ella yo esperaba.  Según entiendo de la lectura de su último escrito, no ha podido usted reponerse de la traición de sus ovejas.

“He tratado de seguir su consejo, he dispuesto mi corazón y mi mente, he luchado tenazmente contra mi propia alma tratando de someter mi desconsuelo y no he conseguido aliviar mi dolor…  En realidad no sabía que mi herida era tan grande”.

En fin, si antes me escribió usted acerca de sus sufrimientos, ahora me describe sus heridas abiertas y cómo ellas están a punto, perdone la expresión, de dar el traste con su ministerio.  Y descubro que a pesar de sus muchos años dedicados al pastoreo de las ovejas, no sabía nada acerca de una de las condiciones indispensables en la vida de todo aquel que ejerce el cuidado de las almas cristianas: aprender a hacerlo aunque el corazón vaya cubierto de vendas.  Vendas que cubren las heridas que producen aquellas personas a quienes cuidamos.

Extraño, ¿Verdad?  No es posible expresar lo que acabo de escribir, e impedir, al mismo tiempo, que un misterioso aire de ingratitud y traición envuelva una afirmación semejante.  Y es que todo verdadero pastor, amigo mío, muchas veces ha de ser traicionado y ofendido por aquellos a quienes sirve.  En realidad no resulta nada placentero hablar sobre este asunto, pero ha llegado el momento de hacerlo.  Así que me dispondré a comenzar.  Lo haré recordando algunas frases que usted escribió:

“He sido pastor, no por satisfacer una noble y muy espiritual aspiración personal… He sido pastor, no por haber creído que reunía las condiciones establecidas por Dios para tan compleja misión… He sido pastor, apreciado amigo, porque el Señor me escogió y me llamó para que apacentara Sus ovejas.  Yo nunca se lo pedí y tampoco Él lo consultó conmigo.  No me preguntó, no lo discutió, no me propuso nada.  No se acercó para pedir mi consentimiento, no me dio alternativas para escoger, no esperó que yo le diera mi parecer… Él simplemente me llamó a ser pastor… Él me impuso una carga.  Y cuando me di cuenta de lo avanzado de Su llamado para mi vida, de la proximidad del inicio de mi servicio a Él en ese aspecto, ya estaba yo en un altar siendo ungido por un grupo de ancianos y de pastores que con gran alegría veían en mí al abnegado joven que, cayado en mano, saldría a ayudarles para apacentar las ovejas del Señor.

Esa noche, amigo, llegué a mi casa y encerrado en mi habitación lloré larga y profundamente con mi frente pegada en el cálido piso de mi cuarto.  No sabía porqué lloraba.  Sólo recuerdo que era un sentimiento que me quemaba por dentro y tenía que deshacerme de él de alguna manera.  Y solamente después de haber llorado mucho comencé a pensar sosegadamente en las consecuencias de todo lo que me había ocurrido… me pregunté si todo aquello no habría sido una equivocación de los líderes de mi iglesia.  Pensé que mi vida cambiaría y que no podría nunca más ser el mismo debido al sagrado ministerio que ahora comenzaba… pensé que no estaba preparado para tan importante misión… pensé que nunca estaría preparado… pensé que yo no tenía un corazón de pastor… pensé en mi egoísmo, en mi superficialidad espiritual, en mi desconocimiento de las penas más profundas que azotan las almas de los hombres y, por lo tanto, en mi incapacidad para aconsejar, para orientar, para guiar.

Sentí deseos de correr al templo y esperar el nuevo día para decirles a los hermanos en la fe que todo había sido una equivocación, pero el cansancio y el sueño hicieron que me quedara dormido meditando en todo esto.

El siguiente día, sin embargo, recobrando nuevas fuerzas, prometí al Señor que dedicaría cada día de mi vida, hasta la muerte si Él así lo disponía, para servirle cuidando Sus ovejas.  Salí para realizar mi primera visita pastoral.  Recuerdo haber llegado muy temprano a la casa de aquella anciana de blancos cabellos.  Y debo decir, en honor a la verdad, que llegué a su hogar no tanto para consolarla sino para que pusiera sus manos sobre mi cabeza y le pidiera al Señor Su bendición para mi vida.  Desde entonces, amado amigo, cada día de mi vida he cumplido aquella sagrada promesa que hiciera siendo joven aún y de lo cual, ahora, sólo me quedan buenos recuerdos de mejores experiencias.

Pero las cosas que me han ocurrido recientemente han golpeado mi propia alma de tal manera que le escribo para anunciarle que he tomado esta tarde una dolorosa decisión: pienso dejar la Iglesia que por años he pastoreado.  Por favor, ore usted por mí”.

Y después termina explicándome las causas de su angustia: no ha podido reponerse de los golpes recibidos y de las recientes acciones de aquellos que ayer le traicionaron.  Y aunque no ha querido hablarme de lo que le han hecho en esta oportunidad, entiendo que debe haber sido algo bastante grave para que termine usted dejando el ministerio.

Ante tal situación debo comenzar diciéndole que su caso no es nada ajeno al ministerio pastoral.

Le invito además a dar juntos un paseo.  Trate de olvidar un poco su problema y acompáñeme un rato en un largo viaje en el tiempo para que miremos, a la distancia, a un hombre que vivió una situación parecida a la suya.  No, no tendrá que salir de su habitación, solamente siga la lectura.

Recuerde aquellas tristes palabras del apóstol Pablo:

“…Me abandonaron todos…” (2 Timoteo 1:15)

Pues viajemos hasta donde él está mientras las escribe.

¿Lo observa ya?  ¿Puede advertir la grave situación en la que se encuentra?  ¿Puede describir el lugar?  ¿Una cárcel?  ¡Claro!, una cárcel.  Romana, por cierto y más deshumanizante que cualquier otra.  ¿Percibe la oscuridad de la misma?  ¿Se da cuenta de lo lúgubre del recinto?  ¿Vislumbra la frágil silueta del encorvado anciano mirando tristemente las paredes que lo aprisionan?  Sí, un anciano que sabe perfectamente que sus días sobre la tierra están contados y que en lugar de disfrutarlos junto a sus amados como un anticipo a su eminente encuentro con el Señor, debe conformarse con esperar dicha celebración en la más completa soledad y en el más lóbrego abandono.

Él se ha entregado a sí mismo para servir a sus ovejas, pero cuando necesita que estas le muestren un poco de cariño, de amistad y de respaldo, contrariamente le dan la espalda y lo dejan abandonado en manos de sus verdugos.

¿Estará usted de acuerdo conmigo al afirmar que el maltrato que recibió de estos últimos resultó ser más llevadero que el desaire de las primeras?  Seguro que su propia experiencia le lleva a asentir en este momento.  Pero sigamos.

Imagínese al anciano apóstol enfermo, encerrado y sólo.  ¿Ve cómo de vez en cuando levanta su mirada al escuchar pasos cerca de su celda tratando de encontrar en medio de aquella fría cárcel los rostros de sus amigos que vienen a visitarle?  ¿Se da cuenta de la expresión de sus ojos cuando descubre que sólo eran los pasos del carcelero?  Vez tras vez es igual; día tras día, semana a semana, mes a mes.  Y así pasa el tiempo.  No ve a nadie.  Sin embargo, siempre agudiza su cada vez más deficiente mirada con la esperanza de encontrar al menos a uno de sus discípulos.  En cada intento sus ojos parecen salir de sus órbitas mientras el corazón palpita aceleradamente.  Un frío presentimiento comienza a recorrer todo su cuerpo… tampoco esta vez vendrán sus amigos… tampoco esta vez vendrán a ayudarle.  Vuelve a repetir tristemente: “…Me abandonaron todos”.

Y entonces, en medio de su sufrimiento y soledad, una nueva y desalentadora noticia llega para terminar de rebosar la copa de su amargura.  Él mismo la simplificó diciendo:

“Demas me ha desamparado, amando este mundo”. (2 Timoteo 4:10)

¿Qué cree usted que pensó el apóstol?  ¿Estará o no de acuerdo conmigo cuando digo que una puñalada abrió el corazón paternal del anciano?  Tantos esfuerzos, tantos desvelos, tantos sufrimientos para formar en Demas el carácter de Cristo y finalmente termina  este yéndose de su lado, apartándose de la fe y tirando al barro el amor de aquel que fue su pastor.

¿Qué prefiere usted, amado pastor: un miembro de su iglesia que lo trate ingratamente pero que se mantenga en la fe o uno que, dejándolo todo, regrese al mundo del cual Cristo lo redimió?  Percibo que en lo primero hay mayor dosis de esperanza y de consuelo aunque, simultánea y gradualmente, actitudes como esa enfermen progresivamente los corazones de los pastores.

Continuaré la Carta en una segunda Parte.

se despide de usted, su amigo que le recuerda con amor y preocupación:

José Ramón Frontado.
Cabimas, Venezuela.
j.r.frontado@gmail.com
frontado@cantv.net

Segunda Parte:

Acá estoy nuevamente caro amigo. En la primera parte te hable del desencanto experimentado por el Apóstol Pablo cuando sus discípulos lo abandonaron.
Las desdichas vuelven a manifestarse cuando más adelante el apóstol abre sus labios para exhalar otro gemido:
“…Ninguno estuvo a mi lado… Todos me desampararon”. (2 Timoteo 4:16)
Considere usted, pastor, cuánta tristeza, cuánto desaliento.  Pablo estaba destinado para vislumbrar la gloria, para experimentar lo sublime, pero también estaba destinado para ser como su Señor… experimentado en el sufrimiento y en el dolor.
A pesar de toda la fortaleza espiritual que caracterizaba la vida de este ejemplar hombre de Dios, él necesitaba un amigo, alguien que le ofreciera un hombro donde recostarse, alguien con quien llorar y desahogar su sufrimiento.  Él era, a final de cuentas, un hombre.  Y fue entonces cuando desde lo más profundo de su corazón se escapó un lamento en forma de ruego:
“Procura venir pronto a verme…”  (2 Timoteo 4:9)
Como si le expresara a quien le escribe:
“Hijo mío, me siento cansado y estoy solo.  Necesito ayuda, por favor, ven a acompañarme; en este momento te necesito…”
Y después termina implorándole, sabiendo que en lo por venir la situación sería mucho más difícil: “Procura venir antes del invierno”.  (2 Timoteo 4:21)

Encarcelado, abandonado por sus amigos y viendo que parte de su esfuerzo se perdía totalmente, Pablo parece anhelar el encuentro definitivo con su Señor mientras sus heridas sangran profusamente.
Casi creo escuchar a la distancia las palabras que usted pronuncia para sus adentros mientras lee mi carta:
“Si yo hubiese estado en Roma habría corrido hacia esa cárcel y entrando en la celda del santo prisionero le habría abrazado con todo mi amor”.
Y yo creo en la sinceridad de su deseo.  Por eso le escribo.  Para recordarle que no está usted totalmente solo.
Tampoco lo estuvo Pablo.  Durante los días de su encarcelamiento  en Roma, Pablo se refirió a cierta persona en los siguientes términos:
“… Muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me busco solícitamente y me halló”.  (2 Timoteo 1:16-17)
¿Lo ve?  No todos huyeron.  No todos le abandonaron.  Hubo alguien que permaneció fiel a su pastor ayudándole en sus días más difíciles.
Pero había otros como él.  Dios separó un pequeño grupo de personas para que estuvieran al lado de Pablo cuando sus heridas sangraban.
Hoy casi nadie les conoce.  Sus nombres escapan de nuestro recuerdo cuando evocamos a los grandes héroes de la fe.  En realidad sus nombres parecieran no significar nada en nuestros días: “Estéfanas, Fortunato y Acaico”.  Nombres olvidados, actitudes no imitadas, sin embargo, acciones indispensables.
A ellos se refiere el apóstol en los siguientes términos:

“Ello han suplido vuestra ausencia… porque confortaron mi espíritu… reconoced a tales personas”.  (1 Corintios 16:17-18)
Me impresionan estos hombres y me impresiona el concepto que Pablo tiene de ellos.  Porque Pablo era un hombre revestido de toda la potencia de Dios, “La cual actuaba poderosamente en él”; Colosenses 1:29; totalmente entregado a Dios quien, en cierta oportunidad, le arrebató al paraíso  donde le hizo escuchar palabras que el hombre no puede ni expresar ni comprender.  Hombre inteligente, espiritual, que dominaba varios idiomas y que fue formado bajo la influencia de varias culturas.  Este hombre, aparentemente invulnerable, pero que también se entristecía, sufría y lloraba, tenía un elevado concepto de estos tres casi desapercibidos creyentes.
Y entonces, atravesando una de esas situaciones y viviendo bajo tales circunstancias, oyó que alguien le decía: “Hermano Pablo, hermano Pablo”.  De pronto, las siluetas de tres humildes personas fueron adquiriendo nitidez a medida que se acercaban a este, que fue bautizado por una autora moderna como “El gran león de Dios”, para decirle:
“Sabemos todo lo que usted es, aceptamos todo lo que usted es, reconocemos todo lo que usted es, pero en este momento, con todo respeto y muy humildemente, venimos sabiendo que atraviesa una situación difícil.  Existe una gran distancia entre el alcance espiritual de su obra y el de la nuestra, pero Dios nos ha llamado para hagamos esto: por favor, inclínese, estemos todos juntos de rodilla, mientras hacemos una oración”.

Y cuando terminaron, cada uno de ellos le abrazó, le besó y lloró en sus hombros al tiempo que le decía:
“No está usted solo, yo estaré con usted hasta el final.  No abandone, no desfallezca, no se desaliente ni se desanime.  Somos muchos los que le necesitamos.  El Señor le necesita”.
Y esa muestra de amor fue un bálsamo que confortó el corazón del anciano durante su tribulación.
Le he escrito todo esto, apreciado pastor, pues quiero dejar sembrada una idea en su corazón: siempre tendrá usted un discípulo fiel que le acompañará en las prisiones de su alma; uno que se separará del resto para estar a su lado cuando otros le traicionen.  Ese hombre es más valioso que todo el oro del mundo y su compañía y amistad podrá ser valorada en toda su dimensión sólo en las balanzas celestiales.
Con todo respeto y autoridad le exhorto a no dejar abandonada la obra.  Dios tendrá reservados Sus Onesíforos, Sus Estéfanas, Fortunatos y Acaicos para vendar las heridas de su corazón.  Ellos le aman y le necesitan.
Pero además de esto, amado pastor, le escribo para recordarle que no debe usted dejar el ministerio aunque sea traicionado por todos, aunque se encuentre herido por aquellos a quienes sirve y gruesas gotas de sangre se desprendan de su alma atribulada.  No debe hacerlo aunque no exista una sola persona dispuesta a apoyarlo.  Después de todo, en ninguna parte de las Escrituras encontramos que el Señor prometiera a Sus siervos una vida de servicio divertida, cómoda y sin lágrimas.  Contrariamente, el Señor dijo refiriéndose a Pablo:

“Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”.  (Hechos 9:16)
Y el Señor Jesucristo advirtió, refiriéndose a Él y a sus discípulos:
“Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?”.  (Lucas 23:31)
¿Por qué habría de ser diferente el trato de Dios con usted?  ¿Por qué no habrá de ser herido?  ¿Qué le hace a usted pensar que ha de tener ciertos privilegios como el no sufrir, el no ser menospreciado y traicionado?
Nosotros los pastores, apreciado amigo, somos escogidos para la más sacrificada de todas las vocaciones.  No encontrará usted una que la iguale a ella en lo sublime, en lo glorioso, en lo sagrado y también, en los sufrimientos que genera.
El verdadero pastor, recuérdelo siempre, va dejando parte de su piel en el camino, en las zarzas, en las garras de Satanás y debajo de las pisadas de las ovejas; esto forma parte de su oficio, y estoy seguro que de alguna manera lo entendió usted así esa noche acerca de la cual me escribió, el día que lo consagraron al ministerio.
Recuerdo haber leído:
“El siguiente día, sin embargo, recobrando nuevas fuerzas, prometí al Señor que dedicaría cada día de mi vida, hasta la muerte si Él así lo disponía, para servirle cuidando Sus ovejas”.

¿Olvidó usted acaso su promesa?  ¿Las heridas en su alma han resultado ser más fuertes que el valor de su voto?  Estoy seguro de que su respuesta es negativa.
No, usted no debe abandonar su redil; ese redil donde Dios le ha puesto como guía.  Allí le esperan ansiosas las ovejas que le aman y por las cuales debe estar usted dispuesto a entregar toda su vida.
Y allí están también las que le han hecho sufrir.  Ellas también necesitan un pastor; un pastor que esté dispuesto a entregar su vida por ellas aunque solamente le produzcan heridas.  Tal vez ellas no lo saben, pero también necesitan un pastor desesperadamente.  Y nadie las puede apacentar mejor que alguien que las ame al extremo de perdonar todas sus ofensas.  Un pastor que olvida, ama y perdona.  Un pastor herido que entrega en un abrazo un poco de su sangre y de su amor.  Un pastor herido que pueda consolar a los que sufren porque lleva en su pecho una herida abierta que muestra su amor a Dios y su disposición a morir por Él.
Así se lo pido en el siguiente poema que he escrito pensando en usted:
El Pastor Herido

Con paso lento y sangrando la herida
Camina llorando y gimiendo el pastor
Le clavó en el pecho el puñal del dolor
La oveja que ama, su oveja querida.

Entonces corriendo emprende la huída
Cansado y maltrecho el pastor que dio amor
Presagio es del fin de aquel santo valor
Que cuida al cordero y arriesga la vida.

¡Detente viajero!, ¡Olvida tus quejas!
Vuelve otra vez a tu aprisco olvidado
Te espera con ansias la pobre oveja

Triste te espera detrás de las rejas
Está arrepentida y espera el cuidado
Del hombre a quien hizo heridas bermejas.

Así, con el temor de que mis palabras no causen el efecto que quisiera, pero con la esperanza de que el Señor las utilice para Sus santos propósitos y conforme a Su santa voluntad, se despide de usted, su amigo que le recuerda con amor y preocupación:

José Ramón Frontado.
Cabimas, Venezuela.
j.r.frontado@gmail.com
frontado@cantv.net

(Quien en varias oportunidades, y debido a diferentes traiciones y heridas recibidas, también ha deseado dejar el ministerio)

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11 respuestas a “Carta a un pastor que me escribió acerca de sus heridas

  1. Yo tengo que tocar otro lado de la moneda.. El sistema de la Iglesia actual ha creado un formato que define que es ser “pastor” Y este sistema esta dominado por las masas y el pastor no le queda de otra que acoplarse o vendrá otro que si se acople. El Sistema ha dicho “Espera Siempre de un pastor lo que tu nunca darás por el, ni por nadie, y la Grey se re-acuesta sobre este tipo de formato. Claro porque se supone que el es el pastor osea el que se las tiene que aguantar todas porque es un asalariado de la GREY, Este es un concepto totalmente mezquino, errado y que solo genera pura gente ingrata que busca hombres que los mangonguee o consientas a sus gustos.

    No se les ha pasado por la mente que por las venas de un pastor también pasa sangre de humano? Acaso no es justo que un día como pastor te hartes y no venga el clásico Cristianoide a decirte AHH es que entonces no fuiste Llamado por DIos, Porque para el que no es tratado con ingratitud es fácil decir lo que sea..

    El sistema Actual de la Iglesia, forma Pastores y lideres NO 100% Sinceros, sencillamente no puedes mostrarte 100% sincero , y real con una “oveja” porque después toman eso y en el momento que intentes darle corrección a la oveja por algo malo , no les gusta como le hablaste o como trataste el tema y simplemente salen Saltando a otra Iglesia, y es un circulo vicioso que ha convertido a la mayoría de pastores en personas 50% sinceros, No porque ellos quieran, si no que la ingratitud y la mala actitud de las personas, forma pastores no reales que para poder llevar una conversación termina poniéndote contra la espada y la pared usando términos como YO SOY LA AUTORIDAD, Tiene rebeldía en tu corazón, A ti Dios no te puede hablar solo a mi, Todo pastor que utilice esto lo hace solo como respuesta a un sistema que Necesita escuchar eso,

    Sencillamente El apóstol pablo no podría encajar dentro del sistema que hoy se conoce como IGLESIA!… sencillamente es incomprensible….

    De verdad respeto a los pastores que tiene 15 a 25 anos aguantando ce las ingratitudes de otros, porque sencillamente no puede hacer mas nada que eso, Pastores con 60 ano sin jubilación dependiendo de ofrendas, no puede hacer mas que lo que la iglesia que paga su salario diga y si toca aguantarse la ingratitud entonces TOCA!!!

    1. Gracias por su valioso aporte.

      Creo que el ser sincero no depende de un sistema, más bien depende de uno mismo, pero entiendo el punto suyo porque muchos pastores vienen al ministerio con mucha ilusión y entusiasmo y con los años deben decidir ciertas cosas que los llevan a tomar cierto rumbo. La Biblia aconseja a detenerse y mirar los caminos y preguntar (pedir consejo) por cuál esla senda antigua y regresar a ella, eso hicieron los reformadores y creo que su fe nos ha dejado un legado de ejemplo que es posible seguir aunque por el nombre de Cristo podamos perderlo todo.

      El Señor se glorifique en su vida y le guíe siempre en Su preciosa gracia.

  2. gracias hermano por su consejo , porque en verdad asi es la vida cristiana en mi caso personal no he pasado por esa experiencia, pero que precioso que hombres consagrados como usted conforta anima y alienta a cuantos pasemos por una situacion similar . que Dios le bendiga grandemente y fructifique su ministerio al mismo tiempo nos instruya para seguir adelante en la obra que el Señor nos ha encomentado.

    1. El nombre del autor está entre el texto, pero me pareció muy oportuno publicarlo debido a que más pastores de los que pensamos pasan por ciertas dificultades.

      Gracias por escribir y le invito a comentar los otros artículos.

      El Señor sea guiándole siempre.

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