Qué quiso decir Jesús con “no juzgéis”?


Jesús comienza esta sección diciendo:
Mateo 7:1. No juzguéis (a los demás) …

Como en Mateo 6:1, 19,20; 7:7, etc., primero se declara el principio y luego se lo explica. ¿Qué quiso decir exactamente el Señor cuando dijo: “No juzguéis”?, ¿Quiso decir que toda forma de juzgar y sin ninguna calificación queda prohibida, de tal modo que no se nos permite formar opinión ni expresarla con respecto al prójimo, por lo menos que con respecto a él jamás debemos expresar en voz alta una opinión adversa o desfavorable? A la luz de lo que Jesús mismo dice en este mismo párrafo (v. 6), donde indica que debemos considerar a ciertos individuos como perros y puercos, y a la luz de Jn. 7:24; cf. 1 Co. 5:12; 6: 1–5; Gá. 1:8, 9; Fil. 3:2; 1 Ts. 2:14, 15; 1 Ti. 1:6, 7; Tit. 3:2, 10; 1 Jn. 4:1; 2 Jn. 10; 3 Jn. 9, y de muchos otros pasajes que se podrían agregar, es claro que no se trata de una condenación tan completa contra la formación de una opinión acerca de una persona y de expresarla.

Jesús mismo había llegado a ciertas conclusiones acerca de los escribas y fariseos, y no vaciló en expresarlas (Mt. 5:20; 6:2, 5, 16; 15:1ss; 23:1ss). Aunque es cierto que nosotros no podemos leer lo que está en el corazón de nuestro prójimo, en la forma que Jesús podía hacerlo (Jn. 2:24, 25), de modo que nuestro juicio debe ser más reservado y nunca debe ser final, nada hay en la enseñanza sea de Cristo mismo o de los apóstoles después de él que nos exima de la obligación de formarnos opiniones acerca de las personas y actuar sobre la base de esas opiniones, lo cual también implica que a veces será nuestro deber expresar nuestros juicios. Mt. 7:1 ha sido usado a veces para excusar el descuido en el ejercicio de la disciplina eclesiástica, pero a la luz de su contexto, y también de 18:15–18 y Jn. 20:23, tal uso de este pasaje no tiene justificación alguna.

Entonces, ¿qué quiso decir Jesús? Quiso decir (vv. 3–5) que es malo que alguien concentre su atención en la mota que hay en el ojo de su hermano y mientras está así ocupado, pasar por alto la viga que tiene en su propio ojo. Aquí el Señor está condenando el espíritu de censura, el juicio áspero, el justificarse a sí mismo juzgando a los demás, el juicio sin misericordia, sin amor, como también lo enseña claramente el pasaje paralelo (Lc. 6:36, 37). Es necesario ser crítico y discriminador (según lo leído); pero ser hipercrítico es malo. Uno debiera evitar el decir lo que es falso (Ex. 23:1), innecesario (Pr. 11:13), y cruel (Pr. 18:18). Una de las mejores, y también más interesantes, exposiciones de esta verdad que he encontrado es la de L. B. Flynn, en su libro, Did I Say That? (“Yo dije eso?”), Nashville, 1959; véase especialmente el capítulo 3, titulado “A keen sense of rumor”. El pecado que aquí se condena era muy común, lo que queda demostrado, por ejemplo, por el hecho de que David condenó a muerte al rico que, según se le había hecho creer a David, había robado y muerto la corderita del pobre, no comprendiendo que al condenarlo de ese modo David se estaba condenando a sí mismo (2 S. 12:1–7). Esta inclinación a descubrir y condenar severamente las faltas reales o imaginarias de los demás, mientras se pasan por alto con ligereza las propias que con frecuencia son más graves violaciones de la ley de Dios, era común entre los judíos (Ro. 2:1s), especialmente entre los fariseos (Lc. 18:9; Jn. 7:49), y es común siempre y en todo lugar. Según las palabras de Jesús aquí en 7:1, para que no seáis juzgados, la persona justa ante sus propios ojos, que tiene por costumbre andar encontrando faltas en los demás, debe recordar que él mismo puede esperar ser condenado, y esto no solamente por los hombres sino también, y especialmente, por Dios, como 6:14, 15 ya ha indicado. Cf. 18:23–25.

Con el fin de dar más énfasis, se repite en una fraseología algo distinta el pensamiento expresado en 7:1b: “2. Porque con el juicio con que juzgáis, vosotros mismos seréis juzgados; y según la medida con que medís, se os medirá”. Significado: La norma de juicio que vosotros aplicáis a los demás será aplicada a vosotros. Si juzgáis sin misericordia, seréis juzgados sin misericordia. Igualmente, si juzgáis con compasión, seréis juzgados y tratados con compasión. Entonces será derramada en vuestro regazo “medida buena, apretada, remecida y rebosando”. Así seréis juzgados y recompensados por Dios, ciertamente (6:14, 15; cf. Ro. 2:16; 3:6), pero no se excluyen los agentes humanos (Lc. 6:34, 38).

Sigue una descripción figurada de los críticos mordaces y una advertencia para ellos en los vv.3–5. Y, ¿por qué miras la mota en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu ojo? O, ¿cómo puedes decir a tu hermano: “Deja que te saque la mota del ojo” y ¡fíjate! tienes una viga en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con suficiente claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano. La viga es un pesado madero usado en construcción como soporte horizontal del enmaderado de la techumbre. La “paja” o “mota” es un pequeñísimo trozo de paja o de madera, quizás un pequeño trocito de viruta o aserrín. Ahora, en la figura que Jesús usa, él pregunta al oyente promedio cómo es que está mirando una mota en el ojo de su hermano, y que aun pide permiso para quitar esa mota, mientras en el mismo momento está descuidando completamente la incomparablemente mayor viga que tiene en su propio ojo. ¡Cf. Jn. 8:7!

La pregunta es: ¿Quién es este pretendido oculista? Respuesta: es llamado “hipócrita”, palabra que Jesús generalmente usa para caracterizar a los escribas y fariseos de su tiempo (5:20, cf. 6:2, 5, 16; 15:1, 7; 23:13), una clase de individuos que el Señor describe como los que “confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás” (Lc. 18:9). Por lo tanto, se refiere a toda persona que tenga inclinaciones farisaicas. Puesto que en los corazones de todos, incluidos aun los seguidores de Cristo hasta al punto que no han sido transformados por la gracia, se aloja un fariseo, la conclusión a que se llega es que este pasaje se aplica a todos, en el sentido que todos necesitamos examinarnos a nosotros mismos (1 Co.11:28), para no andar hallando faltas en los demás y procurando corregirlos sin un autoexamen y la aplicación de autodisciplina. Una persona puede ser muy buena en sus propios ojos (cf. Lc. 18:11, 12), pero, si no es humilde, entonces, como Dios lo ve, hay una viga en su ojo, la viga de la justicia propia. Es to lo convierte en un oculista ciego que trata de hacer una operación en un ojo ajeno. No importa cuan grave sea el error del otro ante los ojos del pretendido corrector, ¿no era sólo una mota si se le compara con la justicia propia, defecto tan notorio ante los ojos de Dios que equivale a la presencia de una viga en el ojo del crítico?

Cuando por la gracia soberana ha sido quitad a esta viga, el ex buscador de faltas puede ver con suficiente claridad para sacar la mota del ojo de su hermano. En otras palabras, estará en condiciones de restaurarlo “con el espíritu de mansedumbre”, y examinándose a la luz de, por ejemplo, 1 Co. 13, verá de no ser tentado él mismo (Gá. 6:1).

De la última oración, en que se hace mención de quitar la mota del ojo del hermano, es claro que el propósito de Cristo en los vv. 3–5 no era frenar la disciplina mutua. Por el contrario, en este dicho se fomentan la auto disciplina y la disciplina mutua. Además, para impedir que en la denuncia de la actitud hipercrítica en los vv. 3–5 pueda arraigarse alguna noción en el sentido que podría significar que la paciencia con los seguidores del error ha de ser infinita, el Señor ahora añade: 6. No déis lo que es santo a los perros, y no arrojéis vuestras perlas delante de los cerdos. “Hermanos”, (véase vv. 3–5) y “perros” o “cerdos” (v.6) no deben ser tratados en igual forma. Los creyentes deben discriminar cuidadosamente.

A fin de entender este dicho, es necesario, en primer lugar, descubrir qué se quiere decir por “perros” y “cerdos”. Entre los judíos los perros de la calle eran tenidos en poca estima. Aquí la referencia no es a los pequeños perros mascotas sino a los perros vagabundos, grandes, salvajes y feos. Uno podía verlos en todas partes, vagando por la basura y los desperdicios arrojados a la calle. Eran considerados sucios e inmundos (Pr. 26:11; cf. 2 P.2:22; Ap. 22:15). Amenazan (Sal. 22:16, 20), aullan y gruñen (Sal. 59:6), son codiciosos y desvergonzados (Is. 56:11). En resumen, son despreciables (1 S. 17:43; 24:14; 2 S. 9:8; 16:9; 2 R. 8:13). Ser comido por perros era señal de que sobre una persona estaba una especial maldición de Dios (1 R. 14:11; 16:4; 21:24; cf. 1 R. 21:19; 22:38). En cuanto a los cerdos o puercos (en Mt. 8:30–32 y pasajes paralelos, el refugio escogido por los demonios), aquí se les considera similarmente despreciables e inmundos. El Antiguo Testamento menciona al cerdo entre los animales inmundos (Lv. 11:7; Dt. 14:8). En Is. 65:4; 66:3, 17 se llama abominación al acto de comer carne de cerdo. Para el hijo pródigo el ser enviado a los campos a dar de comer a los puercos debe haber aumentado su miseria (Lc.15:15, 16). Los perros y los cerdos se mencionan juntos no solamente aquí en Mt. 7:6 sino también esencialmente en 2 P. 2:22: “El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno”.

Es claro que Jesús usa en forma sinónima las expresiones “lo santo”—esto es, apartado de lo común, que está en estrecha relación con Dios y consagrado a él —y “perlas”. La palabra griega que se traduce perlas es margaritas, de donde vienen los nombres Margarita y Rita.

Las perlas, obtenidas del golfo Pérsico o del océa no Indico, tenían precios fabulosos, muy por encima del poder comprador de la persona promedio. A fin de obtener una perla de gran precio un comerciante podía verse en la obligación de vender todas sus posesiones (Mt. 13:46; cf. 1 Ti. 2:9; Ap. 17:4; 18:12, 16; 21:21).

Combinando todo esto, ahora podemos concluir que aquí en 7:6 Jesús está diciendo que cualquiera cosa que esté en una relación especial con Dios y, en consecuencia, es muy preciosa, debiera ser tratada con reverencia y no ser confiada a quienes, debido a su naturaleza malvada, viciosa y vil, pueden ser comparados con los perros (véase también en Fil. 3:2) y los puercos. Por ejemplo, esto significa que los discípulos de Cristo no debieran seguir llevando indefinidamente el mensaje de Cristo a quienes hacen escarnio (burla) de él. Por supuesto, hay que tener paciencia, pero hay un límite. Llega un momento en que la resistencia constante a la invitación de gracia debe ser castigada con la partida de los mensajeros de las buenas nuevas.

Los dichos de Cristo que siguen y también sus acciones sirven como comentario a Mt. 7:6. ¡Cuán paciente fue con Tomás (Jn. 20:24–29) y con Pedro (Jn. 21:15–19), pero para Herodes Antipas, que con frecuencia había recibido advertencias (Mr. 6:20) pero había descartados todas estas amonestaciones, Jesús no tuvo ni una sola palabra (Lc. 23:9). Pronunció una maldición sobre Capernaum, porque no había recibido de corazón sus mensajes ni había aplicado a su propia situación la lección enseñada por sus poderosas obras (Mt. 11:23). Instruyó a sus discípulos que no permanecieran demasiado tiempo en aquellos lugares que rechazaban sus predicación (Mt. 10:14, 15, 23). En la parábola de la higuera estéril (Lc. 13:6–9) mostró que la paciencia de Dios, aunque es prolongada, no es algo que no tiene término. Cf. Pr. 29:1.

Los apóstoles tomaron esta lección con todo el corazón, como vemos, por ejemplo, en el caso de Pablo (Hch. 13:45, 46; 18:5, 6; cf. Ro.16:17, 18; Tit. 3:10). Seguir indefinidamente en la compañía de los que ridiculizan la religión cristiana no es justo para los demás campos que están esperando nuestro servicio, especialmente en vista del hecho de que la mies es mucha pero los obreros pocos (Mt. 9:37; cf. Jn.4:35). Además, la capacidad de los discípulos para soportar la persecución de modo que serán suficientemente vigorosos para continuar la obra en otro lugar, tiene sus límites; nótense las palabras del Señor (No arrojéis vuestras perlas delante de los cerdos) no sea que las pisoteen y se vuelvan y os hagan pedazos. En la ilustración, Jesús pinta los cerdos en el acto de pisar las perlas con los pies, tratándolas con completo desprecio. Podría ser una sugerencia correcta que, dado que las perlas parecen arvejas o bellotas, estos cerdos, habiéndo gustado glotonamente unas pocas, y habiendo descubierto que nada pueden hacer con ellas, en ira las pisotean y, volviéndose, atacan y destrozan a quienes arrojaron esas cosas no comestibles delante de ellos. Es como si Jesús dijera: “No permitáis que esto ocurra a la perla de la proclamación del evangelio ni a vosotros mismos”.

Extraído del Comentario Bíblico de Mateo por Hendriksen
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3 respuestas a “Qué quiso decir Jesús con “no juzgéis”?

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