Los votos de ordenación y la obligación del ministro


José Mauricio Ponce - Teología ReformadaTodo ministro y anciano ordenado en la iglesia presbiteriana o reformada solemnemente afirma ante Dios y los hombres que acepta y adopta sinceramente la confesión de fe de su iglesia como la que contiene el sistema de doctrina de las Sagradas Escrituras,(Iglesia Presbiteriana Unida, véase forma de gobierno, XIII:IV; XV:XII) Dado que estas confesiones son enteramente calvinistas, esto significa que nadie que no sea calvinista puede honesta y concienzudamente aceptar esta ordenación. Un arminiano no tiene ni el más mínimo derecho de ser ministro de una iglesia calvinista, y el arminiano que llega a ser ministro de una iglesia calvinista carece de buena moralidad así como de buena teología. Declarar una cosa y creer otra es inconsistente con el carácter de un hombre honesto. Sin embargo, a pesar de que nuestros votos de ordenación son totalmente calvinistas, ¡cuan pocos ministros proclaman estas doctrinas! Al oír los sermones desde los pulpitos de las iglesias nominalmente calvinistas, seria difícil determinar cuales son las doctrinas esenciales de la fe reformada. Nuestros pulpitos, así como las publicaciones de nuestras iglesias, y nuestras escuelas y seminarios están saturados de las doctrinas arminianas del mérito y del libre albedrío. Las iglesias presbiterianas y las reformadas de hoy día parecen no tener un concepto adecuado de la importancia fundamental de su gran herencia doctrinal. Los escritos de Calvino y Lutero, los de los grandes teólogos puritanos, y los de todos los grandes teólogos desde ese entonces debieran ser mejor conocidos por nuestros jóvenes teólogos. Es posible que la forma escolástica y el estilo un tanto intrincado de estas obras haya disuadido a muchos de estudiarlas a fondo, pero debemos recordar que el estudio de la teología no es con el propósito de disfrutar meramente del placer que pueda brindar. Las profundas obras de los grandes maestros de teología no son novelas aventurescas. Muchos jóvenes entran al ministerio sin estar realmente familiarizados con la doctrina de la iglesia que se proponen servir, y cuando oyen a algunos que predican las normas de Westminster, los consideran “predicadores de doctrinas extrañas”. La gran necesidad de la iglesia hoy es de hombres de firmes convicciones y mentes afianzadas en la verdad, y no de modernistas o liberales latitudinarios que oscilan de un lado a otro gloriándose de no tener opiniones dogmáticas ni preferencias teológicas. Todo parece indicar que la mayoría de nuestros ministros ya no cree en las doctrinas calvinistas y muchos, contrario a sus votos solemnes de ordenación, están haciendo todo lo posible, mediante métodos artificiosos y deshonestos, para destruir la fe que una vez solemnemente profesaron defender con la ayuda del Espíritu Santo. Si estas doctrinas son verdaderas, entonces deben ser enseñadas y defendidas clara y positivamente en nuestras iglesias, seminarios y universidades. Si no son verdaderas, entonces deben ser eliminadas de la Confesión de Fe. La honestidad es tan importante en la teología como en el negocio o en el comercio, y tan importante en una denominación religiosa como en un partido político. El ministro presbiteriano es uno que se ha comprometido a un sistema de doctrina. Los que niegan las doctrinas calvinistas desde los pulpitos presbiterianos, por tanto, están siendo falsos a sus votos de ordenación y deben irse a otras denominaciones que sostienen sus opiniones. Ningún oficial de la iglesia tiene el derecho de aceptar los honores y remuneraciones que recibe por la aceptación externa de un credo que él no cree ni enseña. “El credo de una iglesia”, dice Shedd, “es un solemne contrato entre los miembros de la iglesia: y lo es aun más que la plataforma de un partido político entre políticos. Algunas personas parecen no percibir la inmoralidad que envuelve violar un contrato cuando concierne a una denominación religiosa; en cambio, cuando es un partido político la organización afectada por la disolución del compromiso, estas mismas personas son las primeras en percibir y denunciar con gran vehemencia la perfidia. Si un grupo de personas dentro del partido republicano, por ejemplo, tratara de cambiar la plataforma de ese partido mientras aún continúan ejerciendo los cargos y recibiendo los salarios que recibieron al profesar total fidelidad al partido y al prometer someterse a los principios fundamentales sobre los cuales el partido está fundado y en base a los cuales dicho partido se diferencia de otros partidos políticos, muy pronto la acusación de deshonestidad política repercutiría a través de toda la organización republicana. Y si tras el despido de dichos violadores de sus cargos o, quizá, tras su expulsión de la organización política, algunos protestaran las medidas disciplinarias impugnándolas como injustas, sin lugar a duda la prensa republicana ignoraría por completo tan ridícula protesta. A los políticos deshonestos que demandan tolerancia usando como pretexto lo que los denominan una política más ‘liberal’ que la que el partido favorece, y que reciben salarios pagados por el partido mientras abogan por ideas distintas a las de la mayoría de los partidarios del partido, se les advierte sin vacilación que nadie está obligado a unirse al partido republicano o a permanecer en él, pero si alguno se une al mismo o permanece en él, está bajo la obligación de someterse al credo del partido y no tratar, secreta o abiertamente, de alterarlo. Que el credo de los republicanos es para republicanos y no para otros, es algo en lo que todos parecen estar de acuerdo; pero que un credo calvinista es para calvinistas y no para otros, parece ser puesto en tela de juicio por algunos…. “Si dentro del partido demócrata surgiese una facción que demandase el derecho, mientras permanece dentro del partido, de adoptar los principios republicanos, le sería dicho que el lugar apropiado para tal proyecto es fuera del partido demócrata y no dentro. No se le negaría el derecho a la facción a sus propias opiniones, pero sí el derecho de sostener y propagar sus opiniones con fondos e influencia del partido demócrata. Se le diría sencillamente a los inconformes, ‘No podemos impedir que tengan sus ideas particulares y jamás lo impediremos, pero no tienen derecho alguno de ventilarlas dentro de nuestra organización”. A veces se acusa a las iglesias calvinistas de intolerancia o de persecución cuando en base a desviaciones del credo de la iglesia se lleva a cabo algunas investigaciones judiciales. Sostenemos, sin embargo, que dicha acusación es injusta y que toda iglesia tiene el derecho de exigir de sus ministros y maestros que sus predicaciones y enseñanzas se conformen a las normas de la denominación. Estas consideraciones dejan ver claramente porqué muchos de nosotros sentimos tan poco entusiasmo por los movimientos ecuménicos que quieren unir grupos que sostienen sistemas doctrinales totalmente diferentes. Creemos que el sistema calvinista es el único enseñado en las Escrituras y vindicado por la razón y, por consiguiente, es el más estable y el de mayor influencia en el fomento de la justicia. No obstante, respetamos el derecho de todos los que difieren de nosotros a su criterio persona!, y nos regocijamos sinceramente en el bien que puedan lograr. Nos regocijamos en que otros sistemas de teología se aproximen al nuestro; sin embargo, no podemos consentir al empobrecimiento de nuestro mensaje al proclamar menos de lo que encontramos enseñado en las Escrituras. Si pudiera consumarse una unión en la cual el calvinismo fuese aceptado como el sistema de verdad enseñado en la Biblia, gustosamente accederíamos a tal unión; pero creemos que el aceptar algo menos que eso sería abandonar la verdad vital; además, no valdría la pena propagar una posición lo suficientemente vaga como para abrazar al calvinismo y otros sistemas de doctrina a la misma vez. Creemos que la ventaja superficial de números adicionales que resultaría de tal unión importaría muy poco al compararse con la desarmonía espiritual que inevitablemente habría de surgir. Deseamos, por tanto, permanecer siendo presbiterianos hasta que las doctrinas de la fe reformada, que no son sino las doctrinas de la Palabra de Dios, se conviertan en las doctrinas de la iglesia universal. Estas doctrinas, ahora tan descuidadas o desconocidas y hasta muchas veces combatidas abiertamente, fueron universalmente sostenidas y predicadas por los reformadores (o evangélicos originales), y después de la Reforma fueron incorporadas en los credos, catecismos o artículos de todas las iglesias protestantes. Cualquiera que compare los sermones pronunciados en nuestros días con los de los reformadores, no tendrá dificultad en percibir cuan contradictorios e irreconcilliables son los unos a los otros.

Por Loraine Boettner
Traducido por: Manuel E. Gómez

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