El calvinismo y el gobierno representativo


J. Mauricio Ponce A. - Politica en la Biblia - Calvinismo - ReformaAunque no existe conexión orgánica entre la libertad civil y la religiosa, no obstante, ellas poseen una fuerte afinidad la una para la otra; y donde no exista la una tampoco la otra podrá prevalecer por mucho tiempo. La historia manifiesta elocuentemente que la religión de un pueblo depende de su libertad o su esclavitud. Las doctrinas que sostengan y los principios que adopten son, por tanto, de suprema importancia, ya que vendrán a ser la base sobre la cual la sobre-estructura de su vida y de su gobierno habrán de descansar. En este sentido el calvinismo ha sido revolucionario, ya que ha enseñado la igualdad natural de los hombres, y su tendencia esencial ha sido la de destruir toda distinción de rango y toda presunta superioridad basada en riquezas y en privilegios adquiridos. Por su amor a la libertad, el calvinista se ha convertido en luchador contra aquellas distinciones artificiales que colocan a algunos hombres por encima de otros. Políticamente, el calvinismo ha sido la fuente principal del gobierno republicano moderno. El calvinismo y el republicanismo están relacionados el uno al otro como causa y efecto; y donde un pueblo posee el primero, el segundo pronto se desarrollará. Calvino mismo sostuvo que la iglesia, bajo Dios, era una república espiritual; lo que demuestra que él era republicano en teoría. Jacobo I conocía muy bien los efectos del calvinismo cuando dijo: “El presbiterianismo y la monarquía son tan afines como lo son Dios y el diablo”. Y Bancroft habla del “carácter político del calvinismo, el cual los monarcas de la época unánimemente y con instintivo juicio consideraban republicanismo”. Otro historiador norteamericano, Juan Fiske, ha escrito: “Sería difícil sobrestimar lo que la humanidad debe a Juan Calvino. El padre espiritual de Coligny, de Guillermo el Taciturno, y de Cromwell, debe ocupar el primer lugar entre los adalides de la democracia moderna… La promulgación de esta teología fue uno de los pasos más grandes que la humanidad jamás haya dado hacia la libertad individual”.” Emilio Castelar, el líder de los liberales españoles, dice que “la democracia anglosajona es el producto de una teología severa aprendida en las ciudades de Holanda y Suiza”. Buckle, en su libro History of Civilization dice, “El calvinismo es esencialmente democrático”, (I, 669). Y De Tocqueville, un hábil escritor político, lo llama, “una religión democrática y republicana”. Dicho sistema no sólo inspiró en sus seguidores un espíritu de libertad, sino que les adiestró de manera práctica en cuanto a sus derechos y deberes como hombres libres. Además, dio a cada congregación el derecho de elegir a sus propios oficiales y de dirigir sus propios asuntos. Fiske la considera “una de las escuelas más efectivas que jamás haya existido en el entrenamiento de hombres para la administración de gobierno autónomo local”.-” La libertad espiritual es la fuente y el sostén de todas las otras libertades; por tanto, no debe sorprendernos cuando se nos dice que los principios que guiaron a estos hombres en sus asuntos eclesiásticos fueron los que también moldearon sus ideas políticas. Instintivamente prefirieron un gobierno representativo y obstinadamente resistieron a todo gobernante injusto. Una vez derrocado el despotismo religioso, el despotismo civil no puede prevalecer por mucho tiempo. Podríamos decir que la república espiritual fundada por Calvino descansa sobre cuatro principios básicos. Estos han sido resumidos por un eminente estadista y jurista inglés, Sir James Stephen, de la manera siguiente: “Estos principios fueron: En primer lugar, que la voluntad del pueblo era la única fuente legítima del poder de los gobernantes; en segundo lugar, que el poder era delegado por el pueblo a sus gobernantes por medio de elecciones, en las cuales todo hombre adulto podía ejercer su derecho al voto; en tercer lugar, que en la esfera eclesiástica, el clero y los laicos tenían el derecho de ejercer autoridad igual y coordinadamente; y en cuarto lugar, que ninguna alianza o dependencia mutua, o cualquier otra relación definida, había de existir entre la iglesia y el estado”. El principio de la soberanía de Dios, cuando fue aplicado a los asuntos del gobierno, demostró ser muy importante. Dios, como el gobernador supremo, es soberano; y cualquier autoridad que tuviere el hombre es debido a que ella le había sido conferida por Dios gratuitamente. Las Escrituras, por contener principios eternos normativos para todas las edades y para todas las personas, fueron tomadas como la autoridad final. Las siguientes palabras de las Escrituras declaran que el Estado es una institución divinamente establecida; “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Ro. 13:1-7). Cabe señalar, sin embargo, que ningún tipo de gobierno, sea democracia o república o monarquía, fue considerado como divinamente establecido para una época o pueblo en particular, aunque el calvinismo mostró una preferencia por el sistema republicano. “Cualquiera que fuese e! sistema de gobierno”, dice Meeter, “fuese monarquía o democracia o cualquier otra forma, en cada caso el gobernante (o los gobernantes) había de actuar como el representante de Dios, y administrar los asuntos del gobierno en conformidad a las leyes divinas. Este principio fundamental proveyó al mismo tiempo el más alto incentivo para la preservación de la ley y el orden entre los ciudadanos, quienes, por amor a Dios, debieran rendir obediencia a los poderes superiores, fueren cuales fueren. De aquí que el calvinismo conduzca a gobiernos altamente estables. “Pero, por otra parte, el mismo principio de la soberanía de Dios sirvió también como una poderosa defensa de las libertades de los ciudadanos contra gobernantes despóticos. Cuando los gobernantes hacían caso omiso a la voluntad de Dios, menospreciaban los derechos de los gobernados y se hacían abusivos, los ciudadanos, en vista de su responsabilidad para con Dios, el soberano supremo, tenían el privilegio y el deber de rehusar obediencia y aun, si fuere necesario, destituir al déspota mediante las autoridades menores establecidas por Dios para la protección de los derechos del pueblo”. Las ideas calvinistas sobre el gobierno y los gobernantes han sido hábilmente expuestas por J. C. Monsma en el siguiente párrafo: “Los gobiernos son instituidos por Dios mediante la instrumentalidad del pueblo. Ningún emperador o presidente tiene poder inherente en sí mismo; cualquier poder que posea, la autoridad que ejerza, es poder y autoridad derivados de la gran Fuente divina; por tanto, lo que dichos gobernantes poseen no es en realidad poder, sino la justicia, y justicia que proviene de la Fuente eterna de justicia. De ahí que le es muy fácil al calvinista respetar las leyes y ordenanzas del gobierno. Si el gobierno fuese sólo cuestión de un grupo de hombres obligados a satisfacer los deseos de una mayoría popular, el calvinista, por su gran amor a la libertad, pronto se rebelaría. Pero como su firme creencia es que detrás del gobierno está Dios, en vez de rebelarse se postra ante El en profunda reverencia. En esta creencia yace también la razón fundamental de ese profundo y casi fanático amor por la libertad, inclusive la libertad política, que siempre ha sido característico del calvinista genuino. Para el calvinista el gobierno es servidor de Dios, y por tanto, todos los oficiales, COMO HOMBRES, están en un mismo plano con sus súbditos; y en ningún sentido pueden considerarse superiores.. .Por esa misma razón el calvinista prefiere el gobierno de tipo republicano. La soberanía de Dios, el carácter derivativo de los poderes del gobierno y la igualdad de hombres como hombres, no encuentra expresión más clara y elocuente en ninguna otra forma de gobierno”. La teología calvinista exalta a un solo Soberano y exige que todos los otros soberanos se postren ante Su majestuosa presencia. Por consiguiente, el derecho divino de los reyes y los decretos infalibles de los papas no pudieron prevalecer entre personas que atribuían la soberanía a Dios sólo. Pero aunque esta teología exalta a Dios infinitamente como el Gobernador Todopoderoso del cielo y de la tierra y demanda que todos los hombres se postren ante El, no obstante, también incrementa la dignidad del individuo y enseña que todos los hombres, como hombres, son iguales. El calvinista, porque teme a Dios, no teme a hombre alguno. Y sabiendo que ha escogido en los consejos eternos y destinado para las glorias celestiales, posee algo que disipa la tendencia a rendir pleitesía a los hombres, y opaca el lustre de toda grandeza terrenal. Si la orgullosa aristocracia traza su linaje a través de generaciones de antepasados de alta alcurnia, los calvinistas, con mayor orgullo aún, apuntan al libro de la vida que registra la más noble concesión de derechos decretada desde la eternidad por el Rey de reyes. Los calvinistas, por su linaje superior a cualquier linaje terrenal, son, en realidad, los verdaderos nobles, los nobles del cielo, hijos y sacerdotes de Dios, coherederos con Cristo, y reyes y sacerdotes ungidos y consagrados divinamente. Infúndase a la mente y al corazón del hombre la verdad de la soberanía de Dios, y será como si se le introdujera hierro en la sangre. La fe reformada ha rendido un muy valioso servicio al enseñar al individuo sus derechos. El arminianismo, por su pronunciada tendencia aristocrática, se contrasta de manera impresionante con las tendencias democráticas y republicanas inherentes en la fe reformada. En las iglesias presbiterianas y en las reformadas el anciano vota en el Presbiterio o Sínodo o Asamblea General en completa igualdad con su pastor; en las iglesias arminianas, en cambio, el poder yace en gran medida en manos del clero y es muy poca la autoridad del laico. El sistema episcopal hace hincapié en el gobierno jerárquico. El arminianismo y el catolicismo romano (que prácticamente es arminiano) florecen bajo un gobierno monárquico pero el calvinismo halla su vida coartada allí. El romanismo, en cambio, no florece en una república pero allí el calvinismo está a sus anchas. En el plano civil, el gobierno eclesiástico aristocrático tiende hacia la monarquía, mientras que el gobierno eclesiástico republicano tiende hacia la democracia. McFetridge dice, “El arminianismo es desfavorable a la libertad civil, y el calvinismo es desfavorable al despotismo. Los despóticos gobernantes de tiempos pasados pudieron darse cuenta de la verdad de estas premisas, y, reclamando el derecho divino de los reyes, temían al calvinismo como al republicanismo”.

Por Loraine Boettner
Traducido por: Manuel E. Gómez

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